La manera habitual de resolver un puzzle lógico es encontrar un lugar donde solo encaja una pieza, colocarla y repetir. Aquí ese recurso no existe: cada pieza interior tiene entre 73 y 137 vecinas posibles, y ninguna queda jamás fijada a una sola opción.
Cada una de las 196 piezas interiores tiene entre 73 y 137 otras piezas que
pueden situarse legalmente a su derecha (contando las parejas de la derecha,
como hace el gráfico anterior). La pieza típica dispone de más de un centenar de
opciones. Ni una sola pieza queda jamás fijada a una única elección.
Este es el reverso de los patrones prohibidos. Allí, casi toda combinación de
piezas es imposible. Cabría pensar que todas esas reglas acabarían acorralando a
las piezas en su sitio. No lo hacen: las restricciones descartan combinaciones
sin acorralar jamás a una pieza individual, de modo que un solucionador nunca
recibe una jugada libre y forzada sobre la que construir.
Coloca esto junto a los patrones prohibidos y aparece la verdadera forma de la
dificultad. A escala local el puzzle parece holgado: cualquier pieza encaja al
lado de muchas otras, así que no hay nada que propagar ni cadena de jugadas
forzadas que aprovechar. A escala global casi toda combinación es ilegal. La
dureza vive en esa brecha: mucha libertad local, casi ninguna coherencia global.
Un solucionador tiene que encadenar una larga sucesión de elecciones de
apariencia libre que solo resultan erróneas mucho más tarde.